viernes, 18 de noviembre de 2011

Al fin soy feliz




El frio de la mañana me despierta, entonces me doy cuenta que el cuello me duele así como la espalda, es cuando percibo que ha sido una noche realmente fría y además húmeda, pues al empezar a despertar, mis sentidos se agudizan y percibo el olor del cemento entremezclado con la tierra y el polvo, acumulado durante años, así es como me doy cuenta de que aunque haya soñado lo que quiera que soñase ya he regresado desde el mundo de Morfeo al real y me despierto en el frio suelo de una casa abandonada, antaño morada, donde había calor y amor familiar y donde ahora sólo hay un vagabundo de sesenta años durmiendo en el suelo, mientras los primeros rayos del sol hacen todo lo posible por despertarle, lo irónico de todo esto es que ese vagabundo soy yo, así que me olvido de divagar y me alzo con un considerable esfuerzo, ya que la noche, el suelo y la edad, han hecho mella en mí; Tras hurgar en mis bolsillos, descubro que no tengo restos del bocadillo de la noche anterior y en ese momento el ruido de mí estómago me recuerda que no hubo bocadillo, así que después de sacudirme el polvo de la ya bastante sucia ropa, me dirijo a un bar donde se muy bien que puedo lavarme la cara y con suerte a lo mejor hasta han puesto jabón y me puedo lavar el poco pelo que me queda, así no pareceré un mendigo tan deplorable, quizá hasta puede que hoy consiga algún trabajo que me reporte un poco de dinero, tras lavarme en el baño del bar evitando al dueño, que por cierto no quiere ni verme por allí, empiezo a caminar por una ciudad atestada de gente que parece saber hacia dónde van y que es lo que han de hacer, consigo percibir como en las aceras estrechas me evitan de una manera despectiva, pues sé que mí apariencia no es la más idónea para entremezclarme con las personas a las que un día pertenecí y que por un traspiés en mi vida deje de ser, incluso a lo mejor hasta yo evitaría cruzarme con alguien igual, pues huelo mal, y en ocasiones hasta escupo sangre, pero no siempre fue así, yo trabajaba, de hecho en sí tenía un negocio próspero con un amigo y socio y una esposa excelente, era guapísima, o yo la recuerdo así, al igual que a mi hijo que ahora ya debe de estar en la universidad, realmente me iba tan bien la vida, que no me paré a pensar que existiera “gente como yo” y mucho menos que mi socio y amigo estuviera estafándome para quedarse con nuestro negocio y lo que es peor, con mi familia, ahora supongo que mi hijo lo llamara papá, incluso se marcharon y nunca más supe de ellos, también recuerdo, como después de creer que me volvía loco, entre en una debacle de depresión y posteriormente llegue al alcoholismo del que sin duda alguna hubiese salido, pero no quise, pues no quería seguir en la cruel realidad que me rodeaba y ahora que lo razono, tengo sesenta años y sólo un abrigo que se cae a pedazos como compañero fiel de mis interminables fatigas. Después de una interminable noche sin parar de toser un amigo me dijo, vete al médico, a ver si vas a tener tuberculosis y yo le conteste, venga hombre en estos años eso ya no existe, además cuando voy a la seguridad social no me atienden dicen que hay otros sitios para gente como yo, ¿que es, gente como yo? sitios que ya conozco y que están saturados con muchísimos inmigrantes que lo habrán pasado peor, así que lo dejo y procuro olvidarme, además el ruido de mi estómago me recuerda que tengo otras prioridades, pues ya he recordado cuando fue la última vez que comí, hace mas de veinticuatro horas, pero hoy voy a tener suerte, pues al pasar por las mesas de la terraza de un bar, veo como un ejecutivo tras recibir una llamada a su flamante teléfono móvil, se levanta dejando en la mesa un café con leche aun humeante y un donut con sólo un mordisco, de esa manera llenos de esperanza, mi estómago y yo, nos dirigimos con paso firme a por ese suculento desayuno desdeñado, y en el último segundo a solo treinta centímetros de tan apetecible manjar, suena el estruendo de una voz socarrona que nos grita, “eh! tú, mendigo, deja eso ahí y ponte a trabajar” y rápidamente se acerca, recoge las tan deseadas viandas y las tira en un cubo de basura no sin que le conteste diciéndole, “deja que te haga cualquier trabajo y me das el desayuno a cambio”, pero él, después de resoplar me contesta, “mira anda lárgate antes de que llame a la policía” y con eso damos los dos por concluida nuestra conversación, así que mi hambre, mi estómago y yo seguimos nuestro peregrinaje pensando, la verdad es que para ser treinta y uno de diciembre, fecha en la que se supone que la gente debería ser más solidaria, lo que en realidad les hace es ser mas egoístas, quieren todo su dinero para comprar cosas, a personas que no las necesitan, olvidándose de los que realmente sí, incluso son incapaces de dar una limosna, pero en cambio, sí dejan propina en los bares, este tipo de pensamientos me mantienen la mente ocupada y así me evado un poco del hambre tan atroz que me consume, así como de ese dolor de pecho,acompañado de la ya crónica tos que me desgarra por dentro y que no sé cómo parar; Es curioso he pasado todo el día, en el que aparte de intentar encontrar algún trabajo digno y remunerado mientras he recorrido las atestadas calles de gente, que gastaban dinerales en regalos y no he conseguido nada más que dos euros en monedas pequeñas, lo que está bastante bien, pues hoy es fin de año y si aguanto el hambre hasta la noche, podré gastarme el dinero en un suculento bocadillo, que me comeré justo antes de dormir y así por lo menos dormiré con algo en el estómago, siempre y cuando de aquí a la noche deje de sangrar y de toser, sería gracioso que al final de todo, fuese cierto que tuviese tuberculosis. Bueno ya tengo mí bocadillo y además he encontrado un lugar donde dormir a cubierto, en un portal que casi no vive nadie y con la suerte de que está, además, en pleno corazón de la ciudad donde podré ver los fuegos artificiales que anuncian el nuevo año, en que personalmente, creo que las cosas mejoraran, pues ya se sabe “año nuevo, vida nueva” y sí además, dejase de dolerme el pecho, sería genial.
Los fuegos son realmente preciosos, al estallar en el cielo iluminan la ciudad, dejando ver las miles de caras de la gente que reflejan alegría y esperanza, no sé que es más bonito si los millones de puntos lumínicos estallando en el firmamento, o los miles de rostros que los admiran, con un apoteósico concierto de viveza y entusiasmo, lo que sí es cierto es que ya con el bocadillo en el estómago este es sin lugar a dudas el momento más feliz del día, deleitándome con tal espectáculo y sabiendo que empieza un año nuevo, en el que sin duda, dejaré de pasar hambre, frio y desprecio, aunque en este momento la cosa no me va nada mal, pues tengo el techo de un portal para pasar la noche, un bocadillo en mi estómago y el increíble placer de observar cómo se entremezclan los gritos de algarabía y jubilo de la gente con el impresionante retumbar de los preciosos fuegos artificiales , ¿cómo era ese dicho? Ah sí, ya lo recuerdo, “ahora sí podría morirme tranquilo…”
La mañana del uno de Enero de cierto año este hombre de sesenta años apareció muerto dentro de un portal, acurrucado, con un hilo de sangre que brotaba de la comisura de sus labios en una cara que reflejaba felicidad, aún después de haber sido abandonado por una sociedad a la que el respetaba y de la que sólo consiguió desprecio y desdén, por haber tenido un traspiés en la vida; Como él, todos los días mueren hombres y mujeres, personas que ya no son jóvenes, para buscarse un futuro, y a los que todo el mundo desprecia, por no ser un fenómeno mediático, todos los días hay organizaciones y plataformas, que defienden a los pobres de otros países que vienen buscando ayuda y que sin duda también son víctimas de atrocidades, de la que como seres humanos estamos obligados a defender, desde aquí mando un fuerte “ HURRA” por ellos, pero también en nuestra casa, muere gente por enfermedades, hambre o abandono, nadie les ayuda, sólo porque no salen, en los medios de comunicación, en cambio después de sentir el desprecio y la desidia social, acaban falleciendo en la calle sin nadie que les diga “yo te quiero y te respeto” pero si decimos cuando nos enteramos de su muerte, frases como “bah!, seguro que se cogió una tajada y se murió” y a una fosa común con ellos.
Existen muchos problemas fuera de nuestras fronteras y ¡ojalá! algún día se acaben, pero también mueren personas que podían ser nuestros padres o incluso abuelos, en nuestro país y no salen en los medios, a no ser que los televisen en algún reality show del que ellos no sacan provecho, pero sí los canales de televisión y sus colaboradores, existen programas que llaman del corazón donde una serie de “famosos” son entrevistados acerca de sus infidelidades y demás cosas de su vida privada y por lo que les pagan cifras astronómicas y en cambio cuando consiguen audiencia con documentales sobre la pobreza en la calles nadie les da a sus protagonistas ni un solo bocadillo, llenan sus estómagos con la promesa de que van a salir en la tele, con la ironía de que ellos no tienen casa ni tele, donde verse en sus quince minutos de supuesta gloria y después de que nosotros veamos el programa cómodamente en nuestros sillones ,atiborrándonos de comida que terminaremos por tirar a la basura, porque no podemos comer más, olvidaremos a las personas que hemos visto y no las recordaremos más, ni después de haber muerto, creo que si nuestros actos solidarios los hiciéramos por humanidad lo deberíamos pensar y en vez de esperar reconocimiento público, estaría bien ser un poco mas filantrópicos y hacer el bien en el anonimato, pero con el alma.
Ángelo Reforzo.

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